Un Rincón para pensar

En cierta ocasión pidieron a Albert Einstein que explicase su famosa fórmula de la Teoría de la Relatividad: E=mc2 y Einstein preguntó a su vez al entrevistador si sabía hacer una tortilla francesa. El otro contestó que claro sí y entonces Einstein le dijo: Suponga usted que yo no se lo que es el fuego, lo que es un huevo y lo que es una sartén, y ahora explíqueme cómo se hace una tortilla. .. Ese dilema ante la ignorancia es al que se enfrenta diariamente la muchedumbre inculta... Al de hablar sobre lo que no conoce.
También es conocida la anécdota de que poco antes del inicio de la II Guerra Mundial, Hitler encargó a cien de los mejores científicos alemanes que elaboraran un informe que desacreditara su ya famosa Teoría de la Relatividad, y cuando le preguntaron a Einstein que opinaba de que más de cien científicos le rebatieran, contestó con su habitual flema y humor...: Bastaría con uno que tuviera razón.
Por otro lado, el «silogismo aristotélico» es la noción centra ly el pilar fundamental de la lógica del pensamiento científico por el que de la comparación del juicio de dos premisas se obtiene un nuevo juicio concluyente. La lógica silogística (o Lógica Simbólica), establece y rige las leyes que garantizan que, de la verdad de los juicios comparados, o premisas, se pueda obtener con garantía de verdad un nuevo juicio o conclusión verdadera.
Pero… ¿Qué tienen que ver Aristóteles o Einstein con la legalidad o ilegalidad de la más que previsible amnistía que prepara el delincuente que tenemos en la Moncloa? Pues es muy sencillo:
Cuando la conclusión de un silogismo sirve como primera premisa de otro silogismo siguiente y se establece una cadena de silogismos, esa cadena se llama «sorites», y su lógica tiene el mismo absoluto valor en el razonamiento científico. Así que tenemos la siguiente cadena o sorites:
Establecido el sorites, nos queda el silogismo final o resultante:
En Lógica Simbólica, ésto se expresa de una forma muy sencilla y muy gráfica de la siguiente manera:
Si "a", entonces "b"
"a" = "c"
Luego, si "c", entonces "b"
Donde "a" sería el indulto generalizado, "b" sería la inconstitucionalidad del mismo según el Artículo 62, punto i, y "c" sería la amnistía.
Luego vendrán los cien expertos de Hitler, (Entendamos El “sanchismo”y sus adláteres, para intentar convencernos de que no es cierto que E= mc2; o lo que es lo mismo, que como la Constitución no prohíbe expresamente la amnistía y como en Derecho, lo que no está prohibido está permitido, la Constitución no prohibe la Amnistía.
Pero, como dijo Einstein, con uno sólo de esos gurús «mierdaprogres» que pudiera demostrar que una amnistía no es un indulto general, bastaría.
Se ven obligados a esgrimir tantas razones, a verter tantas opiniones, a argüir tantas necesidades, que lo único que queda claro es que la única necesidad real que hay para todo este (... no existe nombre civilizado para nombrar lo que ocurre)..., la única necesidad, repito, es la que apremia al más ruín, miserable y deshonesto Presidente de Gobierno que España ha conocido, y que necesita mucha mierda mental para ocultar al rebaño que le sigue la resplandeciente y fulgurante verdad del razonamiento lógico. ¡Lo demás no son más que sofismas y diarrea mental!
Y otro día, si les parece bien, hablaré del referéndum.
Buenas tardes, encantado de saludarte. Soy Jose
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A diario tropezamos con personas que sin ser conscientes de ello renuncian a esa parte tan esencial de sí mismos que constituye la base del propio provecho personal… ¡Su propia historia, su propia cultura…, ¡Su propia identidad!
Y no renuncian a ella porque la desconozcan, sino porque temen enfrentarse a sus propias contradicciones. No deja de ser una forma sutil de cobardía, una huida hacia dentro. Negar lo que uno es casi como borrar la raíz de su propia conciencia. Y cuando alguien deja de pensar por sí mismo, deja también de ser un sujeto libre y se convierte en un simple y triste eco que repite lo ajeno por miedo a equivocarse.
Ya no es una persona, sino una sombra más de la caverna de Platón. Y pienso que quizás su miseria no esté tanto en lo que piensa, sino en haber renunciado a pensar.
Porque el razonamiento exige valor, rigor y dudar; sobre todo, dudar. Y la duda cansa, exige y desazona, y por eso muchos prefieren refugiarse en la comodidad de lo que otros ya decidieron que se debe creer, e incapaces de soportar el vértigo de la verdad, son muchos los que se entregan a ideologías prefabricadas y lo que es peor…, se entregan con entusiasmo tragicómico. No buscan comprender, sino pertenecer. El dogma les ofrece el calor estupefaciente que les niega la dolorosa reflexión, porque repetir es más fácil que entender y condenar es más sencillo que dialogar y controvertir.
Así, el pensamiento crítico se sustituye por el Propofol de la consigna, y la mentira colectiva se torna en bálsamo. Pero en ese refugio que es como un fumadero de opio, hay miedo. Miedo a estar solos, a enfrentarse al propio juicio, ¡A la libertad de pensar sin guion! La historia, para ellos, deja de ser una herencia que los enfrenta a sus propias contradicciones y se vuelve un molde maleable y acomodaticio que los tranquiliza, porque la pueden adaptar a cada miedo y a cada inseguridad. Y lo trágico es que, al deformarla, terminan destruyéndose también a sí mismos, porque nadie puede falsificar su pasado sin mutilar su presente.
Quizá la miseria más profunda sea la espiritual, porque niega lo único que podría elevarlos. Porque no soportan su propia pequeñez y rechazan la razón, el mérito y la historia misma, (la suya propia: la común y la subjetiva) como si todo lo que exige responsabilidad fuera una amenaza.
El psicoanalista Erich Seligmann FROMM decía que muchos temen la libertad porque implica pensar por cuenta propia. Y creo que ahí está el fondo del problema; en ese miedo callado a ser responsables de lo que uno cree. Por eso tantos se entregan al relato ajeno y buscan en la obediencia una excusa que los absuelva. Pero esa obediencia no libera, sino que hunde. Niegan la grandeza que todo espíritu humano puede llegar a alcanzar porque el suyo es tan enfermizo que temen verse reflejados en su propia mediocridad. Y así, en su negación constante, se vacían hasta no ser nada. No defienden ideas, solo su incapacidad de tenerlas. Y tal vez esa sea la forma más triste de esclavitud: la del alma que, pudiendo pensar, elige no hacerlo.